Encontrar hoy en día un texto correctamente escrito, que no haga daño a los ojos y que se comprenda con facilidad, es altamente complicado. Incluso en los periódicos podemos empezar a ver erratas de forma habitual, se está convirtiendo ya en algo tan común que llama tristemente mi atención.

Hace algunos años (no tantos, están ahí mismo), cuando las tecnologías no pasaban apenas del papel y el bolígrafo, o la máquina de escribir o, como mucho, un ordenador (pero sin editores de texto con correctores ortográficos) y una impresora, prestábamos mucha más atención a no cometer faltas, a escribir frases con sentido, etc.; en resumen, cuando nos proponíamos enviar un escrito a cualquier persona o entidad nos preocupábamos de que se transmitiera correctamente lo que intentábamos decir y que, además, las faltas de ortografía fueran las menos posibles. En el colegio cero faltas era prácticamente lo único admisible, cualquier otra cifra indicaba que no dominiabas el lenguaje y podía ser motivo de suspenso.

Pero por alguna extraña razón de la vida, todo eso ya ha pasado a la historia. He comentado esto con varias personas, porque en serio, la situación me parece patética. Ya no sólo debido a que el 95% de las personas que tienen puestos poco relevantes en las compañías (por no decir el 99%, estoy tratando de redimir a alguien aunque ahora mismo no lo tenga en la cabeza) cometen tales y tan graves atropellos contra la correcta ortografía, que eso, unido a la carencia total o de elevadas dimensiones del uso de comas y puntos, y a que muchas veces tendemos a comernos las palabras por no se sabe qué extraña razón, el cóctel final es ininteligible.

No obstante, no pretendiendo ser en absoluto clasista, pero sí pensando en que a las personas que llegan a alcanzar ciertos puestos de relevancia (tanto sociales como en organigramas de compañías) se les debería suponer (como el “honor en la mili”) una elevada calidad en materia de escritura, redacción, comunicación, etc., añado que tampoco es así para estos casos. Seguimos encontrando un porcentaje elevadísimo de personas que carecen totalmente de los conocimientos, me atrevería a decir que más minúsculos, en lo relativo a ortografía, léxico, semántica… Estoy hablando de Directores Generales, de Consejeros Delegados, etc., que mandan también e-mails ilegibles. Pongo el ejemplo de que cuando alguno de estos “harapos” literarios ha llegado a mis manos (por desgracia más a menudo de lo deseable), para poder entender y cumplir con las instrucciones que en ellos se reflejan, más de una vez he recurrido a buscar a algún compañero/directivo más familiarizado con las expresiones y formas de hablar del remitente en cuestión, para recibir las pertinentes explicaciones sobre el contenido del mensaje. En este caso hay otro problema, y es que no encuentres a quien lo entienda y por alguna u otra razón (muchas de las veces por vergüenza ajena) tampoco puedas preguntar al emisor qué es exactamente lo que está queriendo decir.

 ¿Os pasa esto también a vosotros? ¡Ójala fuera yo la única! porque eso significaría que las reglas han cambiado (como dice el anuncio) y yo soy la que no se ha enterado de qué va este nuevo sistema de comunicación y soy yo la que tiene que ponerse las pilas, pero me temo que los diccionarios han variado poco, si acaso con la incorporación de los nuevos vocablos. De modo que encontrarse (por desgracia muy comúnmente), por ejemplo, con una frase del estilo de: “Vamos haber si este mes conseguimos superar el 110% del objetivo” me chirrrrrría tanto…

 Y decía antes que en alguna ocasión este tema ha sido objeto de tertulia con amigos, y sus conclusiones eran que todo esto es producto de las prisas que vivimos. Hay que leer 100 correos al día, contestar 50, a la vez estar haciendo un montón de llamadas pendientes que han resultado de las 3 horas que hemos pasado recluídos en una reunión, etc. Y mi respuesta es, todo eso es muy cierto, no cabe duda de que las prisas no son buenas para nada y eso a veces ocasiona que no se pueda repasar un escrito para ver si una coma está bien o mal puesta, o si se ha “bailado” una letra o varias; pero si el problema fuera ése únicamente, sería altamente imposible que nos encontráramos una esdrújula sin acentuar, o, por ser alarmista, una ventana con “b”, porque tendríamos la costumbre de escribir correctamente y nuestros dedos no nos traicionarían cometiendo semejantes infamias.

Lamentablemente he visto presentaciones (los famosos “power points”) de altísimos cargos de compañías con muchos errores. Y qué mala imagen da esto. Por ello no creo que sea un problema de prisas, porque cuando se va a realizar una presentación delante de 50 personas o más, se cuida uno muy mucho de los detalles, ¡hasta de los colores! de que “peguen”… ¿Por qué no se iba uno también a cuidar de los puntos, las comas y la corrección ortográfica? Eso, lamentablemente significa, que ni se tiene conocimiento de la materia (porque a nadie le gusta hacer el ridículo, aunque tenga prisa) ni se dispone de una secretaria que lo tenga y que pueda echarnos una mano para que nuestros mensajes se trasladen de forma correcta, con pulcritud en la digamos… “estética” y eso nos lleve a la sencillez de comprensión y al rigor de nuestro gusto por las cosas bien hechas. En este momento dejo a un lado que, por supuesto, el mensaje sea interesante para el destinatario, sea real, etc.; no es ése el eje de esta exposición.

La cuestión entonces es: ¿Ya no nos importa qué imagen demos de nuestra cultura y de nuestra capacidad de establecer una comunicación correcta?