Lo bonito de tener imaginación y capacidad literaria para expresar aquello que ideas en tu mente es que puedes disfrutar de una manera impune de dar rienda suelta a los sentimientos de tu espíritu.

Cuando la inspiración llega, apoyada en acontecimientos vividos o ideados, decidiendo tomar la forma de personajes dulces, cómicos o aberrantes, puedes disfrutar de la más plena de las libertades, porque no serás juzgado por cometer las más tremendas barbaries (como por ejemplo el protanista de “El Perfume” de Patrick Süskind) o por llevar a cabo las mayores proezas o heroicidades (como los súper héroes de un cómic), si no por el grado de interés que seas capaz de despertar en el receptor de tu mensaje y los sentimientos que desarrolle a través de tus escritos. Ahí está la magia de esta forma de comunicación.

Puedes ser lo que quieras y redactar textos aún en contra de tus criterios (a veces irónicamente, eso dependerá del enfoque de nuestra exposición), pero será válido y atractivo, y hasta puede que una genialidad, si tu habilidad literaria llega hasta los rincones a donde tú pretendes llegar.

Hilando con mi introducción anterior en este blog, hablaba de cómo hemos perdido el interés por escribir y expresarnos correctamente en nuestra vida cotidiana. Pues bien, me permití hacer mención a ello en uno de los párrafos de mi libro “Ensayo sobre la vida que no entiendo”, planteando la reflexión que podría tener un niño en referencia a este tema.

         “Cuando expuso su idea ante los alumnos de la clase, la palabra redacción no supuso un motivo de alegría colectiva, porque todos sabían que redacción implicaba correcta ortografía, y ésa era una de las palabras más temidas por todos los estudiantes. A pesar de que estaban obligados a arrastrar “El Podadera” permanentemente en sus carteras, la maestra nunca conseguía que pasaran de mirar la primera página, porque en cuanto uno intentaba, incluso con el entusiasmo sacado de un milagro, comenzar a memorizar aquellos renglones inmundos, siempre acababa discutiendo imaginariamente con el autor, despotricando con la necesidad de escribir ventana con “v”, con lo mona que era la “b”. Y si ya, en un alarde de tremendo gasto energético se conseguía llegar a las esdrújulas, se encontraba uno con el primer problema de ser capaz de recordar aquella palabra, que más bien sonaba a rito satánico. Y claro, aquello por fuerza tenía que ser incompatible con la religión, lo mismo luego, por aprenderlo, había que ir a confesarse, y el Cura Petronio se ponía muy pesado con los arrepentimientos y los avemarías. No, lo de la ortografía no podía ser bueno para nadie, seguro que por eso era tan complicado. Camil siempre había pensado que las cosas buenas de la vida eran las cosas sencillas. En la libreta del Abuelo había leído algo sobre el Esperanto, un idioma común y fácil. Seguro que era el que hablaba el gato, pero los habitantes del pueblo seguían empecinados en las haches, las uves y las jotas, y, claro, así cómo iban a evolucionar de acuerdo con el resto del mundo.” […]

La sensación que nos quede sobre cómo siente el escritor el personaje o la situación reflejada, dependerá de cómo afrontemos la lectura de este párrafo; pero sin duda, no seremos juzgados por la barbarie de una fantasía escrita.