Pensar que sólo podemos soñar dormidos sería como pretender poner barreras a las esperanzas y deseos de todos los seres que aspiramos a dibujar escenas en nuestra mente para que algún día se hagan realidad.

Cuando leí “El Alquimista” de Coelho, la idea de que soñar e imaginar que los deseos podrían materializarse, tomó en mi interior aún más fuerza, y decidí que cada día, en algún momento de la fase despierta de mi cerebro, emplearía unos minutos para describir momentos, situaciones o vidas que alimentaran mi espíritu con aquello que mi corazón deseara que ocurriera.

Esta actitud ante la vida, me refiero a aquello de soñar (lo cual englobo dentro del campo de la actitud porque no es ni más ni menos que manifestar la capacidad de tener ambición por idear un mundo mejor, independientemente de la perspectiva con que cada uno afrontemos esto) es algo que ya debiera manar de nuestros poros antes de que nadie nos recuerde que está ahí y que debemos alimentarla.

Hace muchos años, era yo una niña, escribí una poesía que trataba de manifestar lo que ya ambicionaba en mi interior, y el sueño era muy bonito.

Éranse los niños en un mundo

en el que en cada puerta

hay una sonrisa.

 

Érase un mundo

en el que las flores nunca mueren,

en el que el sol y la luna

brillan juntos.

 

Érase un mundo

en el que el silencio

suena a música,

y la música es callada.

 

Fue aquél un mundo

en el que no había murallas o candados,

en el que no había relojes

y no existían segundos.

 

Allí llegaron ellos,

y decidieron construir,

rompieron todo lo que no había sido construido;

ordenaron horas para el sol

y horas para la luna.

 

Llegaron los ruidos,

y la música ya no fue silencio,

y el silencio

era ya ruido.

 

Llegaron ellos,

y el cielo ya no era azul,

pusieron una cortina gris

y los niños no podían ya

contar estrellas.

 

Alzaron torres,

oscuras y negras,

torres muy altas

para tapar las estrellas.