Una de las cosas sobre las que más me divierte escribir se concentra en torno a los lobos ataviados con piel de cordero. Estos seres que circundan nuestra existencia con la sonrisa melosa, abierta de par en par, pero que entre las comisuras de sus labios esconden un colmillo retorcido como un berbiquí y sobre el que es difícil reparar si no se fija uno mucho o si no se tiene auténtica destreza en la previa identificación (cuestión complicada, hace falta para ello mucha habilidad o mucha genuinidad, como la de la inocencia, para no sucumbir a los encantos maléficos de estos seres viperinos).

Y me gusta escribir sobre ellos para dar fe de su existencia, porque nos acechan constantemente tratando de embelesarnos y agotar nuestras posesiones (pasión, energía, talento… por no decir económicas, que también ocurre) de forma subrepticia y pensando que con encantos fingidos y dulces venenos conseguirán sus propósitos sin apenas despertar la sospecha de las víctimas.

EL ALARDEO DE LA BONDAD

(extracto del capítulo)

            Ella suponía que podría entrar en la casa y mantener una charla privada con la anciana, pero ni ella se apartaba del centro del umbral, ni el séquito de habitantes del pueblo se marchaba, nadie quería perderse el desenlace del asunto.

 

            -Bien, aquí mismo le explicaré mi misión. Como amablemente me han presentado, soy Agapita Bermúdez, Presidenta del G.A.P.I., Grupo de Auxilio para los Pobres Ignorantes…

 

            -¡Alto ahí señora! –interrumpió la abuela Marina-. ¡En esta casa “ignorantes” no hay! Así que si eso es todo… ¡vuélvase por donde ha venido!

 

            Y dejándole con el resto de la frase en la boca, dio un paso atrás y cerró la entrada de un portazo.

 

            Agapita Bermúdez contuvo su desesperación con un resoplido y, armándose una vez más de calma y paciencia, volvió a llamar a la puerta con sus nudillos.

 

            -¿Acaso no me he explicado con claridad? –preguntó la abuela Marina al aparecer de nuevo tras la puerta.

 

            -Es que no me ha dejado usted terminar. Somos un grupo de ayuda altruista que se preocupa de dar la debida atención a todas las personas que lo necesitan.

 

            Aquello despertó el interés de la abuela Marina, quien seguía algo reticente a la visita, pero se veía invadida por cierta curiosidad.

 

            -He podido saber que vive usted sola, sin nadie que le dé compañía, pueda asistirla en caso de alguna enfermedad o ayudarla diariamente.

 

            -¡Ah! Pues sí. Tiene usté razón, Gapi. Esto de los “alturistas” empieza a convencerme.

 

            -GAPI es el nombre de la Asociación, mi nombre el Agapita Bermúdez.

 

            -¡Y qué más da Gapi que Agapita! Así es más corto.

 

            La mujer contestó con gesto contrariado, pero no quiso interrumpir la réplica, ahora que todo parecía alcanzar el cariz buscado.

 

            -Como le decía, Gapi -aquello repicaba en los oídos de la mujer como punzones al rojo vivo, pero ella trataba de no perder la compostura y la serenidad-, precisamente tengo un montón de faena por hacer. Estamos en plena época de matanza y necesito a alguien que me sujete los cochinos mientras los degüello, que ya no está una para esas batallas. Además, tengo una pila entera de cacharros por fregar, que con el montón de cosas que hay por hacer en los establos, no he tenido tiempo de meterles mano en una semana. Y ya que estamos… pues habría que darle un repasito a toda la casa, con estas edades me da miedo subirme a los altos y las telarañas me están comiendo… Pase, pase usted, que cuando vuelva a la capital va a llevar la tarea bien cumplida.

 

            -Bueno, yo simplemente vengo a inspeccionar las zonas, haré un informe y pronto le enviaremos la ayuda social que necesita. También tengo que indicarle la cuenta bancaria en la que podrá depositar todos sus bienes.

 

            -¡Ah! ¿Pero esto no es gratis? Pues vaya una ayuda del Gobierno, ellos, como siempre, pensando en sacarnos los cuartos; eso sí, con una maña…

 

            -No, señora, nadie pretende eso. Es simplemente por si, debido a su avanzada edad, le entra un desequilibrio mental y no sabe administrarse.

 

            -¡Uy, hija! Eso me dicen los nietos, que vienen una vez al año a verme con ese cuento… Pero yo solita me organizo los dineros perfectamente. Y, no tema, que tengo la cabeza muy en su sitio, ¡y por muchos años! –Y añadió para sus adentros: “¡No te digo! Ya sabía yo que viniendo de la capital, no podría ser nada bueno…”

 

            Sin más dilación la abuela Marina volvió a cerrar de un portazo, dejando a Agapita Bermúdez con cualquier pretensión o añadido en la boca.