Con la intención no basta Miércoles, May 28 2008 

Las personas estamos llenas de buenas intenciones, afortunadamente, porque esto ya implica un gran paso hacia la predisposición en el cumplimiento de algo; pero es necesario remarcar que el compromiso es mucho más serio que la intención.

Parece que hoy en día hemos descafeinado el sentido de la palabra (la cuestión se ve mucho más agravada en el ámbito profesional, pero con tristeza compruebo que también en el mundo personal se le da cada vez menos importancia a las implicaciones de este concepto, a veces hasta en las cosas más pequeñas y, teóricamente, más fáciles de cumplir). El compromiso, que para mí tiene una simbiosis absoluta con el honor -lo único que nos distingue de verdad en esta vida, por encima del dinero, la belleza o el éxito, que pueden ser bienes efímeros e ir y venir como el viento-, será siempre en cualquier parte del mundo o ante cualquier circunstancia, nuestra carta de presentación, algo que tenemos que cuidar y alimentar como el mayor de nuestros tesoros.

Y es triste darse cuenta al contabilizar cuántos síes recibimos o damos, pero sobre los que no somos capaces de dar un paso más allá de la intención. Parece que dos minutos después de haber dado esta respuesta empezamos a ver los peros de lo que ello implica, o nos invade la pereza, y finalmente, tomamos la opción de dejar pasar el tiempo, sin cumplir con lo pactado, por si al de enfrente se le olvida.

Compromiso es también decir NO (hay que ser a veces muy valiente y estar muy seguro de uno mismo para ser capaz de dar esta respuesta), pero ese NO puede significar nuestra coherencia con lo que van a ser nuestros actos, sin pretender limitarse a quedar bien con el jefe, un amigo, o cualquier otra situación que nos requiera en la vida.

¿Tan barato se vende hoy el honor como para dejarlo enturbiar por meras cuestiones de desidia o cobardía? Adquirir un compromiso y mantener la palabra dada es enaltecer nuestra dignidad y ser referente del honor y la valentía. Qué bonito que alguien, cuando tenga que describir tus pautas de actuación o tu carácter, se refiera a ti subrayando estas cualidades.

Sentirse vivo Lunes, May 26 2008 

Si tengo frío, si lloro, si tengo miedo,… Por muy negativas que puedan parecer estas sensaciones cuando inundan los poros de nuestro cuerpo, siempre podremos concluir las escenas con una sonrisa en los labios, al pensar: sólo ocurre esto cuando uno se siente vivo.

Hay seres que vagan por la vida sin sueños, como espíritus famélicos que arrancan las hojas de su calendario sin poder hacer distinción entre el lunes y el domingo, entre la esperanza y la desilusión. Espíritus que se alimentan con la subsistencia de una respiración forzada, porque no saben pedir ni ofrecer nada al mundo.

Pero yo lloro, con desazón, y río. Soy capaz de reír con tanta intensidad que hasta hiero la susceptibilidad de aquéllos que apenas pueden esbozar una sonrisa. Se me encoge el corazón cuando siento miedo, cuando fallo a alguien con quien quiero compartir lo que la vida nos brinde. A pesar de más descalabros de los que quisiera recordar, sigo sintiendo mariposas en el estómago cuando el amor despierta y lucha por subsistir.

Estoy viva, y aunque la vida duela, es hermoso saber que formo parte de la intensidad y la pasión que tanto desconocen los que no han aprendido a vivir.

El mundo desde los pies Jueves, May 22 2008 

Acostumbrados a mirar la vida desde la perspectiva que nos da la altura de nuestra nariz, la mayoría de las veces nos perdemos en un mundo de complicación, de enmarañamientos absurdos, de culto a deidades falsas que nos confunden con espejismos, proporcionando un placer nimio y efímero que rápidamente se escapa entre los dedos.

La sencillez, la simplicidad que nos proporcionaría una mirada a ras de suelo, donde todavía no hayamos construido ningún castillo de arena, donde todavía mantengamos imperturbable la esencia del ser, la necesidad de mezclarnos con la tierra y la humildad de tener la nariz pegada al suelo; sólo allí donde no tengamos miedo a que nuestras risas se desmoronen al estar firmemente posadas sobre la tierra, a la altura de nuestros pies, la vida florecerá.

Quisiera darte todo

lo que no tengo.

Quisiera darte

mi alma, mi corazón,

mis sueños…

Quisiera darte todo

aquello que no poseo.

 

Quisiera sentir

que no soy, porque

ya te pertenezco;

quisiera ser capaz

de crear algo

que nunca hayan

imaginado tus dedos,

y regalártelo, porque siento

que vacía de mí misma

lleno el aliento

que ya no tengo.

 

Quisiera darte todo

aquello que no poseo.

 

Quisiera ser el mundo,

quisiera ser un sueño,

quisiera ser eterna

y poder desbordar tu cuerpo

con un beso, y fundir

tu alma en el deseo

de no ser, amar…

sin poder detenerlo.

 

Conocerse a uno mismo Lunes, May 19 2008 

Estaba leyendo un texto relativo a los distintos modelos de personalidad catalogados y me ha hecho reflexionar sobre dónde me encuadraría yo a mí misma. Por supuesto lo fácil es clasificarse en los aspectos positivos de la definición que uno intuye como propios, pero qué pasa con los negativos. Es difícil atribuirse como real aquello que tratamos de “esconder”, aunque a veces pueda ser evidente para los demás. Es difícil encajar los defectos, admitir que nuestro comportamiento -digamos en ocasiones- no sea lo bueno o lo correcto que podamos pretender.

Estar equivocado, amenudo, no forma parte de nuestros cánones de actuación. Recuerdo que no hace mucho, con ánimo de construir, le comenté a un amigo que estaba cometiendo un error con ciertas formas de comportamiento. Es posible que yo no utilizara las mejores palabras para hacerlo, es posible que me equivocara en la forma de expresarlo, no lo sé, pero el resultado estuvo muy lejos de lo que pretendía conseguir. La respuesta fue una rebelión enconada hacia mis palabras, una inadmisión absoluta de mis observaciones y, finalmente, un silencio sepulcral e incómodo que cerró la conversación.

Esto le puede pasar a cualquiera, no estamos exentos ninguno de no aceptar el reflejo que podamos percibir en un espejo, y tratemos de disfrazar la realidad con la distorsión que nos resulte más cómoda -aunque nuestra pauta habitual sea intentar aparentar un mayor o menor grado de humildad.

¿Realmente somos conscientes de nosotros mismos y capaces de admitir aquellas facetas que puedan no encajar con lo que de verdad nos gustaría ser? Supongo que la respuesta a esta cuestión requiere, no sólo emplear unos cuantos minutos, sino tener valor para reconocer nuestras carencias y desbordamientos.

Coincidimos en el tiempo, ¿pero y en el resto? Lunes, May 12 2008 

A veces pienso que soy de otro planeta, una lunática -o, perdón, selenita. Estamos permanentemente rodeados de personas y las características físicas nos diferencian de una forma evidente a unos de otros, pero eso es bueno porque en otro caso sería un caos; sin embargo, la frustración es sentirse muy diferente en los pensamientos vitales. Atendiendo a las analogías del ser -todos los seres son, pero cada uno de distinta manera- es normal que esto ocurra; no obstante, sentirse tan distinto hasta llevarte a tener la casi convicción de pertenecer a otro planeta, a otro mundo, puede resultar muy desconcertante.

Uno sabe cómo deben ser la cosas bien hechas, cómo ha de comportarse con el resto de seres para mantener el equilibrio y la cordialidad con el resto. Cuáles son las buenas y las malas obras que te hagan definirte como alguien íntegro, coherente, responsable, amigo,… Pero sabiendo que todos tenemos una conciencia que nos va indicando cómo comportarse en la vida, ¿por qué a veces me siento tan distinta, tan de otro mundo? ¿Habré perdido la cordura?

Pensar en tantas ocasiones que estoy al revés del mundo, o que el mundo está al revés, al final es un punto de vista y si sólo yo veo la corrección en una forma de actuar y no en otra, ¿habré perdido la razón?

Segura de que alguien más se identificará con este tipo de sensaciones, no pierdo la esperanza de pensar que en algún momento conseguiré identificarme con la vida que me rodea, o la vida conmigo, y sólo espero que esto se produzca con el horizonte claro y transparente que mueve mis actos.

LAS APARIENCIAS O EL MARTIRIO DE LA AUTOESTIMA

(extracto de capítulo)

            -Estupendo –dijo la madre de Camil ante el conocimiento de la fecha de su Comunión-. Hay que empezar con los preparativos. Tenemos que ir a casa de Cuca la Modista para que te vaya haciendo el trajecito.

 

            -¿No crees que es un poco pronto? –replicó Camil.

 

            -No, no, de seguro que los adornos del uniforme,  que habrá que encargarlos a la capital, tardarán mucho tiempo en llegar.

 

            -¿El uniforme? –se asombró el muchacho.

 

            -Sí, sí, porque tú tienes que ir de general, con esos galones en los hombros y esas cadenitas doradas que quedan tan lucidas.

 

            Camil se imaginaba delante del altar portando todos aquellos abalorios y el cuadro no le atraía nada. Tendría que cargar durante toda la vida con el peso de aquellos galones descansando sobre sus hombros tras el marco que, de seguro, su madre colocaría en un lugar privilegiado de la casa. Y todas las vecinas, cuando pasaran a tomar las pastitas de cada tarde, repetirían incesantemente lo mono y lo fino que había ido el niño en la Comunión, y le pellizcarían las mejillas con ese afán de intromisión en las carnes que todos los mayores parecían tener. A Camil, sólo de pensarlo, se le revolvían las entrañas.

 

            -Mamá –dijo tras las cavilaciones-, que yo creo, que no es necesario gastar ese dineral. Yo, con un trajecito normal y corriente voy igual de bien.

 

            -No, no, hijo mío. Se gastará lo que sea menester. En ese día tan importante en que vas a recibir el cuerpo de nuestro Señor, tienes que ir bien compuesto.

 

            Camil buscó una excusa para salir de la casa sin contrariar más a su madre, y se dirigió evitando mayor dilación a la iglesia para hablar con el Cura Petronio.

 

            -Padre, que tiene usted que ampliar lo de la catequesis –aquellas palabras costaban ser pronunciadas, porque después de dos años de eternas horas repitiendo las mismas frases del librillo, Camil había visto las puertas del cielo abiertas cuando le había dado por fin una fecha de conclusión, y ahora estaba pidiendo que le prolongaran la agonía-. No estoy preparado aún para recibir al Señor –añadió con gran decisión.

 

            -Pero hijo –respondió el párroco-, has completado el mismo periodo que todos los niños tienen que realizar para celebrar este Sacramento. Confía en lo que te digo, puedes recibir la Comunión el primer domingo de mayo.

 

            -No Padre, que yo lo sé, que no estoy preparado. Que se me ha olvidado lo de ser cristiano, no me sé los Mandamientos y confundo las virtudes teologales con los pecados capitales. Siento muy corazón muy negro, y Dios no puede entrar así en mi cuerpo. Definitivamente, necesito más tiempo para prepararme.

 

            -Camil… ésas son las dudas previas a la toma de cualquier Sacramento, pero no debes preocuparte –añadió poniendo su mano cansada en la cabeza del muchacho-. Tú sigue durante estos meses que restan asistiendo a las charlas y verás como la mañana del día en cuestión te sientes plenamente feliz y deseoso de recibir al Señor.

 

            “¿Feliz y deseoso?!!!! –pensó Camil-. ¡Con semejante atuendo! Iba a ser el hazme reír de toda la pandilla. Seguro que de seguir adelante con el tema, acabaría en el pilón, lleno de babas y sanguijuelas. No recuperaría su buen nombre ni en veinticinco años. Iba en contra de sus principios vestirse como semejante monigote.

 

            -Mire Padre, el verdadero problema es que… ¡no creo en Dios! Lamento tener que decirlo, pero he llegado a la conclusión de que no existe –“el Señor me perdone”- pensó Camil para sus adentros- por lo que estoy diciendo, pero El entenderá en esa infinita misericordia de la que todos hablan, que es la única forma de evitar el desastre y quedar marcado para el resto de mi vida… que me van a hacer un “desgraciao”!

 

            -¡Pero Camil! –se asombró el Cura Petronio abriendo sus ojos como si fueran platos-. ¡No blasfemes muchacho! Estás nervioso por el acontecimiento que se te avecina, pero no te preocupes… estas cosas pasan –añadió tratando de restarle importancia al asunto y evitando dar credibilidad a lo que acababa de escuchar-. Ya verás como se van a disipar las dudas.

 

            -No Padre, que necesito más años para prepararme, que con un corazón tan negro como el de ahora, si el Señor entra en mi cuerpo, me muero yo y se muere El. ¿Y qué va a pasar entonces? ¿Qué haremos con los catecismos?

 

            -¡Huy hijo mío! Dios no se va a morir, él no puede morir. Dios es eterno. Y lo de tu corazón negro lo arreglamos con una buena confesión y treinta o cuarenta avemarías, por eso no te preocupes, que hay penitencias para todos los pecados.

 

            -Pero Padre, si es que yo no me arrepiento. Y la confesión no sirve de nada sin el “acto de contrición”, que lo hemos estudiado. Definitivamente, no puedo tomar la hostia. ¡Huy! –dijo-, digo la Eucaristía.

 

            Camil estaba dispuesto a sufrir, durante no se sabía cuánto tiempo más, el martirio de la catequesis antes que verse abocado a semejante humillación.

 

            -Está bien, piénsatelo de aquí a entonces, y decide cuando llegue el momento – resolvió finalmente el párroco; con aquel muchacho no había quién discutiera.

 

            Aquellas palabras le sonaron a Camil a música celestial, y volvió a casa para comunicarle a su madre la decisión que había tenido que tomar en función de las dudas que le habían asaltado tan repentinamente.

 

            -Está bien hijo –replicó ella ante la inesperada noticia-. Esperaremos a que purifiques tu alma, que unos ojos tristes y apagados, y un rostro poco florido por la sombra del pecado, iban a deteriorar mucho la imagen que yo quería que lucieras vestido de general delante del altar.

 

La ducha, además, fuente de inspiración Jueves, May 8 2008 

Durante bastantes años he dirigido equipos comerciales, y uno de los momentos de esta etapa que me viene a la cabeza es la frase: “Ya vienes revolucionada!” No es que hubiera estado toda la noche pensando sobre cómo desarrollar algún plan de acción, no, porque yo suelo dormir a pierna suelta entregándome al descanso como los propios bebés; el verdadero “peligro” lo tengo cuando me meto debajo de la ducha. Por alguna razón, no sé, probablemente haya alguna explicación científica para ello que desconozco, pero cuando ese manantial de agua empieza a caer sobre mi cabeza se produce un momento mágico.

Sin poner mi mente en ello, aparece un auténtico torrente de inspiración y entonces las ideas comienzan a aflorar por entre mis neuronas como si de un terreno fértil para las setas se tratara. Es curioso darse cuenta de que la ducha, además de cumplir su función de limpieza corporal, parece que también te limpiara el alma y sirviera para liberar la mente de las barreras que la bloquean dejando fluir la capacidad de creación que uno tiene.

Desafortunadamente, no todos los días se produce tal acontecimiento (y supongo que la mayoría de los mortales solemos ducharnos con esa periodicidad), y además creo que tampoco podemos realizar tal acto en busca de la perseguida inspiración (seguramente perdería su fluidez por el mero hecho de desearla expresamente), pero lo que sí puedo afirmar, en mi caso, es que ese acto matutino, tan agradable y refrescante para nuestros poros, es también el cuerno de la abundancia en lo referente a esta materia, la inspiración.

 

Sí, tenemos conciencia, ¿pero qué hacer con ella? Martes, May 6 2008 

Lo bueno que tiene disponer de conciencia es que sirve para muchas cosas, no como los pobres animalitos que se tienen que aburrir soberanamente (porque no pueden plantearse la disquisición entre lo bueno y lo malo, entre unas predisposiciones u otras).

Tener conciencia nos permite ser buena gente y pensar que cuando actuemos tenemos que delimitar, primero nuestra libertad para no pisar la del contrario y, segundo, poder dormir tranquilos sin que los pellizcos del sufrimiento de otros puedan enturbiar nuestro descanso.

Pero tener conciencia también nos da la oportunidad de escurrir el bulto, porque hay gente para todo, y pensar que son los de enfrente los que tienen que movilizarse porque la guerra no va con nosotros o porque ya hacemos bastante con mirar hacia otro lado, que cuesta mucho esfuerzo.

LAS IMPLICACIONES DE LA DIVERSION

(Extracto de capítulo)

            El Cura Petronio, ayudado ineludiblemente por la tía Maruja, había estado preparando el paso de la Virgen. La fiesta también incluía, por supuesto, su parte religiosa, con la organización de una romería procesionaria que comenzaba en la iglesia y terminaba en una ermita ubicada en una de las montañas que delimitaban el pueblo. Contaba el abuelo de Camil que, al principio, aquella romería estaba muy poco concurrida; sólo la tía Maruja, ataviada con sus mejores galas, tiraba del paso de la Virgen, con gran esfuerzo por su parte, claro, pero Dios seguro que en aquel lance la dotaba de una potencia muscular no habitual en su vida diaria, porque no había otra explicación para comprender cómo la tía Maruja, sola y ya tan mayor, pudiera arrastrar el paso de la Virgen, con todas sus velitas y abalorios, mientras el Cura Petronio caminaba delante de ella recitando los salmos en latín. Y es que, los otros feligreses estaban demasiado cansados tras los encierros como para poder acarrear la santa figura hasta la ermita, y se negaban a asistir a la romería.

 

            El Cura Petronio sabía que tenía un grave problema en este sentido, porque no estaba bien que en fechas tan importantes como aquéllas se le diera tan poca importancia al Señor. Tras muchos años de meditación al respecto engendró la idea que solucionaría el terrible conflicto. Pensó que lo mejor que se podía hacer para erradicarlo era aunar ambas actividades, que los aldeanos corrieran los encierros con el paso a cuestas. Cuando el Cura Petronio planteó la elocuente idea al Alcalde, éste se llevó en su habitual gesto las manos a la cabeza y exclamó que era una locura hacer aquel planteamiento porque nadie accedería a llevar a cabo semejante mezcolanza de acciones, pero al final todo el pueblo tuvo que sucumbir a la petición, porque el cura amenazó con ir a la huelga si no aceptaban sus propuestas y no volvería a rezar salmos en épocas de sequía o no aplicaría la extremaunción a las almas que estuvieran a punto de abandonar la vida terrenal, aunque allí nadie se muriera nunca -no se atrevía a utilizar como medida de presión la eliminación de la Misa dominical, porque aquello hubiera sido un alivio para todos los feligreses, que ya estarían excusados de no cumplir con aquel Sacramento por falta de Administrador para el mismo. De aquella forma consiguió el Cura Petronio que el paseo de la Virgen tuviera un gran número de asistentes en cada fiesta, y la tía Maruja pudo dedicarse, por fin, a darle vueltas al rosario tras los salmos del párroco, que era lo que de verdad le gustaba. Porque lo de arrastrar el paso a sus lomos era demasiada exigencia por parte del Altísimo, aunque para la tarea le dotara de unas fuerzas descomunales que se desvanecían al día siguiente. Quizá ahora pudiera emplear su tiempo en otros milagros, como hacer que la Virgen llorara lágrimas de sangre durante la procesión, que quedaría muy emotivo.

 

            Pero el primer conflicto que de verdad se había producido durante la elaboración del calendario de las primeras fiestas del pueblo había sido la elección del animal que correría tras los mozos en los encierros. Se sabía que en el resto de la geografía nacional eran toros los bichos que se utilizaban para tal acción, pero como en el pueblo de Camil estaban en contra de las actividades taurinas, por aquello del sufrimiento de los pobres animales, nadie se dedicaba a la cría de la res, por lo que no tenían de dónde sacarlos. Entonces la Comisión de Festejos propuso que la mejor solución para resolver la cuestión era utilizar las cabras de Parrocho el Lechero, que además tenían bastante mala leche, y de esta forma podrían desempeñar alguna tarea de interés público. Durante toda la noche anterior, los aldeanos merodeaban por el establo donde Parrocho las guardaba y se dedicaban a hacerlas todo tipo de trastadas para que los bichos resaltaran su nombre convirtiéndose en “cabras cabreadas”, y así salían al día siguiente por las calles del pueblo, envistiendo a todo lo que se meneara. Cuando pasaban cerca del gato no había problema de que se lo cargaran, porque como no se movía, sólo aparentaba ser una piedra más del camino.

 

            Lo realmente divertido del asunto no era formar parte de aquellas tareas, sino actuar de observador. Como ni a Camil ni a la pandilla les dejaban participar activamente en aquellos acontecimientos, se quedaban repartidos por los balcones del pueblo vitoreando y aplaudiendo la procesión-encierro que tenía lugar. A veces tiraban piedras al trasero de los bichos (puntería no les faltaba a los muchachos) y éstos se encrespaban aún más y embestían con mayor ímpetu, por lo que los aldeanos se precipitaban con gran empeño a guarecerse entre las faldas del paso de la Virgen. El Cura Petronio se emocionaba gratamente ante las ansias de participación en la romería que todos los feligreses demostraban, y se sentía muy feliz de poder por fin ofrecer al Señor una procesión en toda regla, la idea había sido un gran acierto; pero por contrapartida, tenía que hacer el sacrificio de recitar los salmos a la carrera, sobre lo cual no tenía muy claro que Dios le concediera la debida valoración. También la tía Maruja estaba feliz de cómo se desarrollaban entonces los acontecimientos, amén de haber cambiado su papel de costalera, casi cada año se producía el esperado milagro. Tenía lugar tal caos bajo las faldas del paso en el empeño de eludir los ataques de las cabras de Parrocho el Lechero, que los feligreses se preocupaban en ocasiones más por salvar sus traseros de los envites, que por mantener la coordinación en el caminar de los buenos costaleros, por lo que la Virgen se veía sucumbida en tremendos vaivenes hacia un lado y otro, hasta temer cien veces que el “Niño” se le cayera de los brazos, y así lloraba de angustia en sus intentos por evitarlo. La tía Maruja, a veces giraba la cabeza entre carrera y carrera para dar más devoción a sus plegarias dirigiéndolas directamente hacia la imagen, y al verla llorar, comprendía que Dios empleaba ¡por fin! sus milagros en una actividad más cristiana, y continuaba dando vueltas a su rosario sin importunarle en absoluto el dolor de sus pies en la carrera, descalzos en concordancia con la actitud de peregrinación que requería el momento.