Lo bueno que tiene disponer de conciencia es que sirve para muchas cosas, no como los pobres animalitos que se tienen que aburrir soberanamente (porque no pueden plantearse la disquisición entre lo bueno y lo malo, entre unas predisposiciones u otras).

Tener conciencia nos permite ser buena gente y pensar que cuando actuemos tenemos que delimitar, primero nuestra libertad para no pisar la del contrario y, segundo, poder dormir tranquilos sin que los pellizcos del sufrimiento de otros puedan enturbiar nuestro descanso.

Pero tener conciencia también nos da la oportunidad de escurrir el bulto, porque hay gente para todo, y pensar que son los de enfrente los que tienen que movilizarse porque la guerra no va con nosotros o porque ya hacemos bastante con mirar hacia otro lado, que cuesta mucho esfuerzo.

LAS IMPLICACIONES DE LA DIVERSION

(Extracto de capítulo)

            El Cura Petronio, ayudado ineludiblemente por la tía Maruja, había estado preparando el paso de la Virgen. La fiesta también incluía, por supuesto, su parte religiosa, con la organización de una romería procesionaria que comenzaba en la iglesia y terminaba en una ermita ubicada en una de las montañas que delimitaban el pueblo. Contaba el abuelo de Camil que, al principio, aquella romería estaba muy poco concurrida; sólo la tía Maruja, ataviada con sus mejores galas, tiraba del paso de la Virgen, con gran esfuerzo por su parte, claro, pero Dios seguro que en aquel lance la dotaba de una potencia muscular no habitual en su vida diaria, porque no había otra explicación para comprender cómo la tía Maruja, sola y ya tan mayor, pudiera arrastrar el paso de la Virgen, con todas sus velitas y abalorios, mientras el Cura Petronio caminaba delante de ella recitando los salmos en latín. Y es que, los otros feligreses estaban demasiado cansados tras los encierros como para poder acarrear la santa figura hasta la ermita, y se negaban a asistir a la romería.

 

            El Cura Petronio sabía que tenía un grave problema en este sentido, porque no estaba bien que en fechas tan importantes como aquéllas se le diera tan poca importancia al Señor. Tras muchos años de meditación al respecto engendró la idea que solucionaría el terrible conflicto. Pensó que lo mejor que se podía hacer para erradicarlo era aunar ambas actividades, que los aldeanos corrieran los encierros con el paso a cuestas. Cuando el Cura Petronio planteó la elocuente idea al Alcalde, éste se llevó en su habitual gesto las manos a la cabeza y exclamó que era una locura hacer aquel planteamiento porque nadie accedería a llevar a cabo semejante mezcolanza de acciones, pero al final todo el pueblo tuvo que sucumbir a la petición, porque el cura amenazó con ir a la huelga si no aceptaban sus propuestas y no volvería a rezar salmos en épocas de sequía o no aplicaría la extremaunción a las almas que estuvieran a punto de abandonar la vida terrenal, aunque allí nadie se muriera nunca -no se atrevía a utilizar como medida de presión la eliminación de la Misa dominical, porque aquello hubiera sido un alivio para todos los feligreses, que ya estarían excusados de no cumplir con aquel Sacramento por falta de Administrador para el mismo. De aquella forma consiguió el Cura Petronio que el paseo de la Virgen tuviera un gran número de asistentes en cada fiesta, y la tía Maruja pudo dedicarse, por fin, a darle vueltas al rosario tras los salmos del párroco, que era lo que de verdad le gustaba. Porque lo de arrastrar el paso a sus lomos era demasiada exigencia por parte del Altísimo, aunque para la tarea le dotara de unas fuerzas descomunales que se desvanecían al día siguiente. Quizá ahora pudiera emplear su tiempo en otros milagros, como hacer que la Virgen llorara lágrimas de sangre durante la procesión, que quedaría muy emotivo.

 

            Pero el primer conflicto que de verdad se había producido durante la elaboración del calendario de las primeras fiestas del pueblo había sido la elección del animal que correría tras los mozos en los encierros. Se sabía que en el resto de la geografía nacional eran toros los bichos que se utilizaban para tal acción, pero como en el pueblo de Camil estaban en contra de las actividades taurinas, por aquello del sufrimiento de los pobres animales, nadie se dedicaba a la cría de la res, por lo que no tenían de dónde sacarlos. Entonces la Comisión de Festejos propuso que la mejor solución para resolver la cuestión era utilizar las cabras de Parrocho el Lechero, que además tenían bastante mala leche, y de esta forma podrían desempeñar alguna tarea de interés público. Durante toda la noche anterior, los aldeanos merodeaban por el establo donde Parrocho las guardaba y se dedicaban a hacerlas todo tipo de trastadas para que los bichos resaltaran su nombre convirtiéndose en “cabras cabreadas”, y así salían al día siguiente por las calles del pueblo, envistiendo a todo lo que se meneara. Cuando pasaban cerca del gato no había problema de que se lo cargaran, porque como no se movía, sólo aparentaba ser una piedra más del camino.

 

            Lo realmente divertido del asunto no era formar parte de aquellas tareas, sino actuar de observador. Como ni a Camil ni a la pandilla les dejaban participar activamente en aquellos acontecimientos, se quedaban repartidos por los balcones del pueblo vitoreando y aplaudiendo la procesión-encierro que tenía lugar. A veces tiraban piedras al trasero de los bichos (puntería no les faltaba a los muchachos) y éstos se encrespaban aún más y embestían con mayor ímpetu, por lo que los aldeanos se precipitaban con gran empeño a guarecerse entre las faldas del paso de la Virgen. El Cura Petronio se emocionaba gratamente ante las ansias de participación en la romería que todos los feligreses demostraban, y se sentía muy feliz de poder por fin ofrecer al Señor una procesión en toda regla, la idea había sido un gran acierto; pero por contrapartida, tenía que hacer el sacrificio de recitar los salmos a la carrera, sobre lo cual no tenía muy claro que Dios le concediera la debida valoración. También la tía Maruja estaba feliz de cómo se desarrollaban entonces los acontecimientos, amén de haber cambiado su papel de costalera, casi cada año se producía el esperado milagro. Tenía lugar tal caos bajo las faldas del paso en el empeño de eludir los ataques de las cabras de Parrocho el Lechero, que los feligreses se preocupaban en ocasiones más por salvar sus traseros de los envites, que por mantener la coordinación en el caminar de los buenos costaleros, por lo que la Virgen se veía sucumbida en tremendos vaivenes hacia un lado y otro, hasta temer cien veces que el “Niño” se le cayera de los brazos, y así lloraba de angustia en sus intentos por evitarlo. La tía Maruja, a veces giraba la cabeza entre carrera y carrera para dar más devoción a sus plegarias dirigiéndolas directamente hacia la imagen, y al verla llorar, comprendía que Dios empleaba ¡por fin! sus milagros en una actividad más cristiana, y continuaba dando vueltas a su rosario sin importunarle en absoluto el dolor de sus pies en la carrera, descalzos en concordancia con la actitud de peregrinación que requería el momento.