Durante bastantes años he dirigido equipos comerciales, y uno de los momentos de esta etapa que me viene a la cabeza es la frase: “Ya vienes revolucionada!” No es que hubiera estado toda la noche pensando sobre cómo desarrollar algún plan de acción, no, porque yo suelo dormir a pierna suelta entregándome al descanso como los propios bebés; el verdadero “peligro” lo tengo cuando me meto debajo de la ducha. Por alguna razón, no sé, probablemente haya alguna explicación científica para ello que desconozco, pero cuando ese manantial de agua empieza a caer sobre mi cabeza se produce un momento mágico.

Sin poner mi mente en ello, aparece un auténtico torrente de inspiración y entonces las ideas comienzan a aflorar por entre mis neuronas como si de un terreno fértil para las setas se tratara. Es curioso darse cuenta de que la ducha, además de cumplir su función de limpieza corporal, parece que también te limpiara el alma y sirviera para liberar la mente de las barreras que la bloquean dejando fluir la capacidad de creación que uno tiene.

Desafortunadamente, no todos los días se produce tal acontecimiento (y supongo que la mayoría de los mortales solemos ducharnos con esa periodicidad), y además creo que tampoco podemos realizar tal acto en busca de la perseguida inspiración (seguramente perdería su fluidez por el mero hecho de desearla expresamente), pero lo que sí puedo afirmar, en mi caso, es que ese acto matutino, tan agradable y refrescante para nuestros poros, es también el cuerno de la abundancia en lo referente a esta materia, la inspiración.