A veces pienso que soy de otro planeta, una lunática -o, perdón, selenita. Estamos permanentemente rodeados de personas y las características físicas nos diferencian de una forma evidente a unos de otros, pero eso es bueno porque en otro caso sería un caos; sin embargo, la frustración es sentirse muy diferente en los pensamientos vitales. Atendiendo a las analogías del ser -todos los seres son, pero cada uno de distinta manera- es normal que esto ocurra; no obstante, sentirse tan distinto hasta llevarte a tener la casi convicción de pertenecer a otro planeta, a otro mundo, puede resultar muy desconcertante.

Uno sabe cómo deben ser la cosas bien hechas, cómo ha de comportarse con el resto de seres para mantener el equilibrio y la cordialidad con el resto. Cuáles son las buenas y las malas obras que te hagan definirte como alguien íntegro, coherente, responsable, amigo,… Pero sabiendo que todos tenemos una conciencia que nos va indicando cómo comportarse en la vida, ¿por qué a veces me siento tan distinta, tan de otro mundo? ¿Habré perdido la cordura?

Pensar en tantas ocasiones que estoy al revés del mundo, o que el mundo está al revés, al final es un punto de vista y si sólo yo veo la corrección en una forma de actuar y no en otra, ¿habré perdido la razón?

Segura de que alguien más se identificará con este tipo de sensaciones, no pierdo la esperanza de pensar que en algún momento conseguiré identificarme con la vida que me rodea, o la vida conmigo, y sólo espero que esto se produzca con el horizonte claro y transparente que mueve mis actos.

LAS APARIENCIAS O EL MARTIRIO DE LA AUTOESTIMA

(extracto de capítulo)

            -Estupendo –dijo la madre de Camil ante el conocimiento de la fecha de su Comunión-. Hay que empezar con los preparativos. Tenemos que ir a casa de Cuca la Modista para que te vaya haciendo el trajecito.

 

            -¿No crees que es un poco pronto? –replicó Camil.

 

            -No, no, de seguro que los adornos del uniforme,  que habrá que encargarlos a la capital, tardarán mucho tiempo en llegar.

 

            -¿El uniforme? –se asombró el muchacho.

 

            -Sí, sí, porque tú tienes que ir de general, con esos galones en los hombros y esas cadenitas doradas que quedan tan lucidas.

 

            Camil se imaginaba delante del altar portando todos aquellos abalorios y el cuadro no le atraía nada. Tendría que cargar durante toda la vida con el peso de aquellos galones descansando sobre sus hombros tras el marco que, de seguro, su madre colocaría en un lugar privilegiado de la casa. Y todas las vecinas, cuando pasaran a tomar las pastitas de cada tarde, repetirían incesantemente lo mono y lo fino que había ido el niño en la Comunión, y le pellizcarían las mejillas con ese afán de intromisión en las carnes que todos los mayores parecían tener. A Camil, sólo de pensarlo, se le revolvían las entrañas.

 

            -Mamá –dijo tras las cavilaciones-, que yo creo, que no es necesario gastar ese dineral. Yo, con un trajecito normal y corriente voy igual de bien.

 

            -No, no, hijo mío. Se gastará lo que sea menester. En ese día tan importante en que vas a recibir el cuerpo de nuestro Señor, tienes que ir bien compuesto.

 

            Camil buscó una excusa para salir de la casa sin contrariar más a su madre, y se dirigió evitando mayor dilación a la iglesia para hablar con el Cura Petronio.

 

            -Padre, que tiene usted que ampliar lo de la catequesis –aquellas palabras costaban ser pronunciadas, porque después de dos años de eternas horas repitiendo las mismas frases del librillo, Camil había visto las puertas del cielo abiertas cuando le había dado por fin una fecha de conclusión, y ahora estaba pidiendo que le prolongaran la agonía-. No estoy preparado aún para recibir al Señor –añadió con gran decisión.

 

            -Pero hijo –respondió el párroco-, has completado el mismo periodo que todos los niños tienen que realizar para celebrar este Sacramento. Confía en lo que te digo, puedes recibir la Comunión el primer domingo de mayo.

 

            -No Padre, que yo lo sé, que no estoy preparado. Que se me ha olvidado lo de ser cristiano, no me sé los Mandamientos y confundo las virtudes teologales con los pecados capitales. Siento muy corazón muy negro, y Dios no puede entrar así en mi cuerpo. Definitivamente, necesito más tiempo para prepararme.

 

            -Camil… ésas son las dudas previas a la toma de cualquier Sacramento, pero no debes preocuparte –añadió poniendo su mano cansada en la cabeza del muchacho-. Tú sigue durante estos meses que restan asistiendo a las charlas y verás como la mañana del día en cuestión te sientes plenamente feliz y deseoso de recibir al Señor.

 

            “¿Feliz y deseoso?!!!! –pensó Camil-. ¡Con semejante atuendo! Iba a ser el hazme reír de toda la pandilla. Seguro que de seguir adelante con el tema, acabaría en el pilón, lleno de babas y sanguijuelas. No recuperaría su buen nombre ni en veinticinco años. Iba en contra de sus principios vestirse como semejante monigote.

 

            -Mire Padre, el verdadero problema es que… ¡no creo en Dios! Lamento tener que decirlo, pero he llegado a la conclusión de que no existe –“el Señor me perdone”- pensó Camil para sus adentros- por lo que estoy diciendo, pero El entenderá en esa infinita misericordia de la que todos hablan, que es la única forma de evitar el desastre y quedar marcado para el resto de mi vida… que me van a hacer un “desgraciao”!

 

            -¡Pero Camil! –se asombró el Cura Petronio abriendo sus ojos como si fueran platos-. ¡No blasfemes muchacho! Estás nervioso por el acontecimiento que se te avecina, pero no te preocupes… estas cosas pasan –añadió tratando de restarle importancia al asunto y evitando dar credibilidad a lo que acababa de escuchar-. Ya verás como se van a disipar las dudas.

 

            -No Padre, que necesito más años para prepararme, que con un corazón tan negro como el de ahora, si el Señor entra en mi cuerpo, me muero yo y se muere El. ¿Y qué va a pasar entonces? ¿Qué haremos con los catecismos?

 

            -¡Huy hijo mío! Dios no se va a morir, él no puede morir. Dios es eterno. Y lo de tu corazón negro lo arreglamos con una buena confesión y treinta o cuarenta avemarías, por eso no te preocupes, que hay penitencias para todos los pecados.

 

            -Pero Padre, si es que yo no me arrepiento. Y la confesión no sirve de nada sin el “acto de contrición”, que lo hemos estudiado. Definitivamente, no puedo tomar la hostia. ¡Huy! –dijo-, digo la Eucaristía.

 

            Camil estaba dispuesto a sufrir, durante no se sabía cuánto tiempo más, el martirio de la catequesis antes que verse abocado a semejante humillación.

 

            -Está bien, piénsatelo de aquí a entonces, y decide cuando llegue el momento – resolvió finalmente el párroco; con aquel muchacho no había quién discutiera.

 

            Aquellas palabras le sonaron a Camil a música celestial, y volvió a casa para comunicarle a su madre la decisión que había tenido que tomar en función de las dudas que le habían asaltado tan repentinamente.

 

            -Está bien hijo –replicó ella ante la inesperada noticia-. Esperaremos a que purifiques tu alma, que unos ojos tristes y apagados, y un rostro poco florido por la sombra del pecado, iban a deteriorar mucho la imagen que yo quería que lucieras vestido de general delante del altar.