Estaba leyendo un texto relativo a los distintos modelos de personalidad catalogados y me ha hecho reflexionar sobre dónde me encuadraría yo a mí misma. Por supuesto lo fácil es clasificarse en los aspectos positivos de la definición que uno intuye como propios, pero qué pasa con los negativos. Es difícil atribuirse como real aquello que tratamos de “esconder”, aunque a veces pueda ser evidente para los demás. Es difícil encajar los defectos, admitir que nuestro comportamiento -digamos en ocasiones- no sea lo bueno o lo correcto que podamos pretender.

Estar equivocado, amenudo, no forma parte de nuestros cánones de actuación. Recuerdo que no hace mucho, con ánimo de construir, le comenté a un amigo que estaba cometiendo un error con ciertas formas de comportamiento. Es posible que yo no utilizara las mejores palabras para hacerlo, es posible que me equivocara en la forma de expresarlo, no lo sé, pero el resultado estuvo muy lejos de lo que pretendía conseguir. La respuesta fue una rebelión enconada hacia mis palabras, una inadmisión absoluta de mis observaciones y, finalmente, un silencio sepulcral e incómodo que cerró la conversación.

Esto le puede pasar a cualquiera, no estamos exentos ninguno de no aceptar el reflejo que podamos percibir en un espejo, y tratemos de disfrazar la realidad con la distorsión que nos resulte más cómoda -aunque nuestra pauta habitual sea intentar aparentar un mayor o menor grado de humildad.

¿Realmente somos conscientes de nosotros mismos y capaces de admitir aquellas facetas que puedan no encajar con lo que de verdad nos gustaría ser? Supongo que la respuesta a esta cuestión requiere, no sólo emplear unos cuantos minutos, sino tener valor para reconocer nuestras carencias y desbordamientos.