Si tengo frío, si lloro, si tengo miedo,… Por muy negativas que puedan parecer estas sensaciones cuando inundan los poros de nuestro cuerpo, siempre podremos concluir las escenas con una sonrisa en los labios, al pensar: sólo ocurre esto cuando uno se siente vivo.

Hay seres que vagan por la vida sin sueños, como espíritus famélicos que arrancan las hojas de su calendario sin poder hacer distinción entre el lunes y el domingo, entre la esperanza y la desilusión. Espíritus que se alimentan con la subsistencia de una respiración forzada, porque no saben pedir ni ofrecer nada al mundo.

Pero yo lloro, con desazón, y río. Soy capaz de reír con tanta intensidad que hasta hiero la susceptibilidad de aquéllos que apenas pueden esbozar una sonrisa. Se me encoge el corazón cuando siento miedo, cuando fallo a alguien con quien quiero compartir lo que la vida nos brinde. A pesar de más descalabros de los que quisiera recordar, sigo sintiendo mariposas en el estómago cuando el amor despierta y lucha por subsistir.

Estoy viva, y aunque la vida duela, es hermoso saber que formo parte de la intensidad y la pasión que tanto desconocen los que no han aprendido a vivir.