A veces somos vagos, muy vagos. Sabemos que tenemos ahí dentro ese toque especial que en algún momento de nuestra vida descubrimos, pero eludimos la responsabilidad de mostrarlo porque nos dejamos embaucar por ataques intensos de pereza, o peor aún, por temores o debilidades que disipan nuestras fuerzas.

Hay que beber de ese excitante que tenemos en nuestro interior, consumirlo en las dosis que van asomando por nuestros poros y exponerlo abiertamente al entendimiento de los espectadores o aprendices que a nuestro alrededor esperan absorber y alimentarse de lo que estamos obligados a dar.

Y puede que alguien no sea capaz de apreciar eso que podemos ofrecerle, puede que haya alguna envidia disfrazada de criticismo que pretenda mermar la nobleza o la magia de tu expresión, pero si tienes un don, no te escapes, no te escudes en esa negatividad que te acecha; sácalo desde la convicción de compartir el entusiasmo que no sólo provoca tu alegría y tu satisfacción, sino que sin duda también conmoverá las vidas de aquéllos que sean capaces de apreciarlo.

Seguro que tienes un don, no lo guardes sólo para ti.