La vida te hace regalos continuamente. A veces podemos no entender su sentido, pensar que nuestros sueños y nuestros deseos quieren desarrollarse por otros caminos, pero pasado un tiempo comprendemos que aquello que aconteció, contrario a nuestras aspiraciones, era un regalo que en su momento no supimos entender.

Es fácil que nuestro corazón, ante la vehemencia de una opción, a priori, atractiva, imagine y modele un escenario donde los actores y el guión se comporten de forma que culminen nuestros deseos más inmediatos; pero el orden del universo, aliado incondicional del devenir positivo de nuestras vidas, a veces rompe esas idílicas perspectivas que nuestra mente ha formulado como espejismo del mejor de los futuros para desembocar en una alternativa que parece destrozar nuestros castillos de arena.

Y es que la vida nos protege, aunque en ocasiones no podamos comprenderlo de una forma inmediata. Siempre está ahí haciéndonos regalos que al final de ciertos caminos por fin se desvelan como tal.

La vida nos protege como un padre que regaña, prohibe, condiciona, en pos de construir un futuro mejor y de evitar desastres que en el presente no sepamos o podamos entender. La vida nos guarda, como un ángel que camina a nuestro lado aventajado por la capacidad de poder ver más allá de lo que el velo del presente nos muestra.

La vida nos hace regalos continuos que a veces no podemos entender, que nos desconciertan y que parece que van en contra de nuestros deseos inmediatos; pero al final, transcurrido el tiempo, nos muestran que el camino más acertado fue aquel regalo que recibimos en aquel punto anterior y que entonces nos significó la decepción de nuestras inquietudes más anheladas.

Tomemos cada día como un regalo, y tarde o temprano disfrutaremos del delicioso néctar que en algún momento anterior no hemos conseguido saborear.