Adquirimos muchos compromisos a lo largo del día, a veces con nosotros mismos -y ésos duelen un montón si no los cumplimos-, y la mayoría de las veces con los demás, que se emiten más gratuitamente porque dejarlos a un lado, u olvidarnos de ellos, siempre resulta más fácil.

Sabemos desarrollar una habilidad especial para buscar excusas que justifiquen por qué no fuimos capaces de cumplirlos. Incluso a veces las construimos tan sólidamente que logramos autoconvencernos de que, evidentemente, no era posible llevar a cabo tal o cual acción, y entonces emitimos un escueto “lo siento”, más condescendiente que inculpatorio, con el que zanjamos la cuestión, y pasamos página.

Analizando este tema, lo que de verdad sorprende es cuando te encuentras con alguien que vende tan barato su honor y su credibilidad que ya no es capaz de despertar una expectativa en el de enfrente, ni siquiera en las cosas menos importantes; parece imposible, pero sí, me he topado con alguna persona de este calibre (afortunadamente puedo decir que alguna, y no muchas, porque sería un desastre realizar esta otra afirmación) y es tremendo tener la sensación de no poder dar valor a ninguno de los compromisos adquiridos por estos humanos.

Mantener la palabra, probablemente (y a mi modo de ver), sea uno de los calificativos más importantes con que aquéllos que están a nuestro alrededor puedan definirnos. Ser capaz de transmitir esa sensación de seguridad y de compromiso con la vida es una carta de presentación que alimentará y hará crecer todo lo que sembremos a nuestro alrededor, y será la dignidad que nos permita llevar la espalda recta (con los hombros bien atrás) y la frente erguida. Y cuando uno tiene esas credenciales, puede resultar tanto o más difícil admitir que otros no dispongan de dicha característica, o al menos no en la medida en que nosotros esperamos (por ejemplo, por dar valor también a las cosas más pequeñas, aunque sean nimiedades), es difícil porque uno, antes de incumplir, habrá evaluado muy mucho qué capacidad tiene de llevar a cabo o de que se produzca la afirmación realizada; es añadir otra cualidad a nuestro curriculum, la valentía, por saber decir NO antes que saber buscar en el “Manual de Excusas” cuál es la más apropiada para la ocasión.

Ésta es una buena vara de medir, ¿es muy grande tu “Manual de Excusas”?