El tiempo pasa, y nosotros seguimos inmersos en esa vorágine de tareas eternas que nos hemos pautado en nuestra agenda, sin dejar ni un hueco para esas otras cosas que requieren de pequeños (o grandes) paréntesis en nuestra vida. Cuántas veces en un año nos planteamos la cuestión de… cómo me gustaría hacer… ¡uf!, pero ahora no es el momento -nos decimos-, tengo que esperar para organizar esta otra situación y después podré hacerlo. Cuántas veces nos recordamos a nosotros mismos planteándonos estas tesituras y aplazándolas sine die de forma permanente.

Pasan los años, y seguimos con esa colección de cuestiones pendientes, aparcadas en nuestra agenda mental, a un lado, esperando encontrar el “hueco” donde ubicarse y así pasar en algún momento a ser “tarea finalizada”; pero no nos damos cuenta, seguimos con nuestro ritmo frenético y no pensamos en darnos una oportunidad para realizar eso que tanto tiempo llevamos perfilando en nuestra imaginación, pero que nunca encuentra su oportunidad para ser cumplido.

El tiempo sigue pasando, los años, los momentos se nos escapan de las manos, y si no conseguimos hacer esa pausa que nos permita difrutar de nuestros sueños, aventuras o acontecimientos (todos ellos tantas veces postergados), en algún instante echaremos la vista atrás y nos daremos cuenta de que ya es demasiado tarde. Siempre creimos que la juventud, las ganas o cualquier otro aval de esa plan inacabado estarían ahí, permanentemente, tranquilos, esperando a que nosotros encontráramos el momento más adecuado para llevarlo a cabo, pero la vida pasa, y los trenes se marchan… Hemos de cogerlos antes de que ni siquiera podamos llegar a ellos improvisando una carrera frenética que nos impida perder el último.

A veces nos ocurren cosas tan ridículas (a mí misma, por no querer ver la paja en el ojo ajeno consciente de las vigas en el propio) como que postergamos el cambio de un fluorescente de la cocina durante un año por no encontrar el momento de subir a una escalera y proceder a tachar de la lista tan insignificante acción. Poner este ejemplo, por dar un toque de intrascendencia al tema tratado, no tiene otro sentido que dulcificar esta reflexión, pero… ¿cuántas cosas importantes tienes aparcadas en tu agenda esperando a que llegue un momento mejor?