Inquietante reflexión cuando uno se cuestiona cómo responder a esta pregunta. Por un lado, podríamos dar como respuesta la no culpabilidad ante un acto cometido; por otro, la ausencia de conocimiento de cualquier pecado o falta que pueda ejecutarse.

Podemos pensar que nacemos inocentes (mucho he reflexionado sobre ello y, como consecuencia de estos análisis, se esculpió en mi mente ese \”Ensayo sobre la vida que no entiendo\” que cito en varios de mis posts y sobre el que aprovecho la ocasión para agredecer el interés demostrado a todos aquéllos que me lo han solicitado y que lo han leído, espero sinceramente que hayan disfrutado tanto con él como yo escribiéndolo). Decía que una de las acepciones es que podemos pensar que nacemos inocentes, y ojalá nos mantuviéramos así en toda la trayectoria de nuestras vidas; esa ausencia de malicia nos haría tomar siempre decisiones justas, para nosotros mismos y para todos aquéllos que nos rodean o se cruzan en nuestros caminos, decisiones coherentes con nuestra vida y con la ajena, decisiones intachables que ninguna malicia o hipocresía -porque estaría ausente- podría emponzoñar o revocar.

Y si nos acogemos a la acepción de la no culpabilidad porque se están juzgando nuestros actos, nuestras formas de pensar o nuestras expresiones -salvo en casos “sangrantes” que actúen contra natura-, siempre podremos acuñar el conocido refrán:  “para gustos hay colores” y, si estamos en disposición de aportar coherencia y carencia de hipocresía o mala intención que avale o acredite el comportamiento expuesto, podremos sentirnos orgullosos de nosotros mismos o, en su defecto, pedir disculpas a quien corresponda (que no deja de ser una actividad sanísima que engrandece el espíritu y fortalece nuestra autoconfianza) y tratar de enmendarse para no volver a caer en el mismo error.

Pero la inocencia también implica presuponer la inocencia del contrario (porque aludiendo a otro conocido refrán: “cree el ladrón que todos son de su condición”,  algunos amargados o terriblemente recelosos intentan amenudo adjetivar tu persona con falsas afirmaciones que les hacen sentirse algo menos mezquinos ) y se siente uno tan tremendamente satisfecho cuando siempre trata de buscar los aspectos positivos de la vida y de las cosas, las buenas intenciones del prójimo -aunque a veces no todos seamos capaces de comprenderlas- y tan feliz al pensar que a la vida siempre hay que ponerle una sonrisa, que al final del día, con semejante actitud, se congratula uno con absoluta afirmación por haberlo vivido y con ganas de volver a levantarse para disfrutar del tiempo que nos espera bajo cada rayo de sol.

¿Y tú? ¿Te sientes feliz al final del día?