Se entristece el alma cuando, habiendo observado con cautivación, incluso podido relajarte sobre su corteza, uno contempla la imagen caída, desastrada, de un árbol que hasta el momento había sido fuerte y recio.

Se pregunta uno dónde va a poder dormir o descansar a partir de aquella visión cuando necesite cobijarse bajo la apacible letanía de sus hojas o el cálido acogimiento de sus sombras; se pregunta uno por qué aquello que ha cuidado con tanto esmero, aquello a lo que ha dedicado  tantos esfuerzos o aquello que ha colmado con tanto cariño, ahora queda reducido a polvo, o a trozos punzantes que ya no ofrecen ningún confort.

Pues es en ese momento donde uno tiene oportunidad de plantearse si aún quedará algún resquicio de verdor en su savia, alguna posibilidad de renacer al esplendor que en su día tuvo. Es en ese momento cuando se tiene la posibilidad de alimentar las células muertas y perfilar esperanzas sobre la capacidad que cada uno tenemos de reconstruir, de hacer florecer algo que pueda parecer perdido.

Quizá sean necesarios muchos años para que aquella imagen vuelva a alcanzar toda su realeza, quizá ni siquiera puedas volver a disfrutar en tu vida de aquella sensación que te hizo sonreír y comprender tantas cosas imposibles, pero no será un trabajo en vano aunque sean otros quienes gocen con el disfrute, porque aparecerán otros árboles en tu camino que, probablemente, hayan germinado gracias al esfuerzo y cariño de quienes tú ni siquiera has conocido.

Debemos ser merecedores de nuevas oportunidades y debemos propiciar que otros las tengan. Busquemos siempre un lugar donde dormir tranquilos al amparo de nuestros propios sueños.