Por suerte o por desgracia nunca me había encontrado -o eso había creído- en mi camino con alguien que pudiera catalogarse de “mal Bicho”.

A veces he tenido la gran suerte de cruzarme con personas estupendas, algunas son a día de hoy mis amig@s y otras han tenido distintos escenarios en diferentes momentos de mi vida y han quedado enmarcados con el recuerdo y a la espera de que se vuelvan a repetir en cualquier otro punto del tiempo esos gratos periodos compartidos.

Otras veces he conocido a personas que he preferido apartar de mi camino porque sus enfoques de las relaciones humanas no coincidían con mis formas de entender la vida o la amistad, pero he de reconocer que siempre me han aportado algo, me han hecho comprender cosas o he aprendido con ellas diferentes cuestiones que de una forma u otra han alimentado mi conocimiento.

También, y pensaba que por último, todos nos hemos cruzado con seres que nos resultan indiferentes, quizá por la falta de oportunidad para conocerlos en más profundidad, quizá por falta de tiempo para avanzar en lo que podría haber significado una magnífica simbiosis o quizá porque no hubo nada en ellos o en mí que despertara mutuamente nuestra atención.

Y pensaba que por último, porque ahí estaba toda la segmentación que había hecho en cuanto a las posibles relaciones con mi entorno, pero ahora he descubierto que hay una nueva casuística en este árbol de posibilidades: el “mal Bicho”. Resulta muy difícil, afortunadamente, que uno se cruce con semejante ser, pero hay que estar atento y apartarse de su camino cuanto antes y de cualquier posibilidad de formar parte de su vida, sus comentarios y sus venenos.

He necesitado varios años para darme cuenta de que me había cruzado con un ser así y, por suerte, nunca ha formado una parte importante de mi vida, pero aún siendo algo tan pequeño y tan poco determinante, las ponzoñas emanadas producto de una constante desgracia personal por no ser capaz de alcanzar un cierto grado de equilibrio y sosiego interior y por la envidia soterrada ante los pellizcos de felicidad que los demás sí disfrutamos, existe la posibilidad de que el “mal Bicho” cause graves trastornos en la sensibilidad y sentimientos humanos circundantes.

Hay inicialmente una sensación de pena hacia esos seres, por pensar que son víctimas de sus propias circunstancias y ¡hasta ganas de ayudar! por si uno puede hacer algo para paliar su sufrimiento y situación, pero son seres eternamente depresivos y parasitarios, y los milagros son difíciles, sabiendo además que este problema va mucho más allá de la propia capacidad de resolución, está por encima de nuestras posibilidades.

Así que concentrémonos en las buenas personas o en aquéllas a las que seamos capaces de ayudar por una u otra razón, y dejemos lejos de nuestros caminos al “mal Bicho”; y siempre con la cabeza bien alta por no consentir que sus vergüenzas traten de ser trasladadas a nuestras personas o famas con etiquetas deplorables. La vida es bella, y las malas hierbas empañan su color.

¿Y tú? ¿Te has topado con alguien así?