Nosotros somos los únicos responsables de nuestra vida, de nuestra felicidad, de nuestro progresar hacia adelante.

Creerse que superar los escollos del camino es un ejercicio que únicamente atañe a nuestros pies, a nuestra voluntad, a nuestro esfuerzo, es la pieza fundamental que ha de mover los engranajes de nuestro cerebro; y sólo así podremos seguir escalando los peldaños de la vida.

A veces la tarea más fácil es descargar nuestras miserias en las espaldas de lo ajeno, pero es un mero acto de vandalismo contra nuestro propio cuerpo y mente. A veces es difícil, muy difícil, mirarse al espejo y decir: “¡Pero qué guap@ soy y qué bien me siento! ¡Hoy me voy a comer el mundo porque no hay nada ni nadie que pueda conmigo!”, pero es necesario.

Y es necesario si de verdad nos queremos a nosotros mismos, a nuestra pasión por la vida y a nuestro espíritu.

Cuando terminé de escribir mi libro -Ensayo sobre la vida que no entiendo-, decidí editar 2 copias en papel, impreso como son realmente los libros que trascienden (con la esperanza de que algún día esa edición se vea reflejada en múltiples ejemplares, claro, pero hasta la fecha he de decir que sólo está en eso, en mi esperanza), pues bien, una copia fue un regalo para mi madre y la otra era para mí, especialmente para mí, por mi tesón y mi cariño hacia aquella obra que había nacido del resultado de muchas reflexiones y mucho esfuerzo. Y un amigo me preguntó si iba a dedicármelo, a lo que respondí: “¡Por supuesto!”

Y ¿qué pondrás? -quiso averiguar.

“A mí misma, por lo mucho que me quiero.” ¿Qué, si no?